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Reflexiones sobre el genocidio ruandés

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(Hervé Cheuzeville)(1)
Para quienes no lo conocieran, el Sr. Dominique Sopo es el presidente de la asociación “SOS-RACISME”. En su edición del 24.02.2010, el periódico Le Monde publicó una carta abierta de este señor, dirigida a Nicolas Sarkozy, presidente de la República. Dichas carta llevaba por título “Ruanda: Francia debe corregir su discurso oficial sobre el genocidio. Que nuestra diplomacia cese de colocar a víctimas y verdugos en el mismo plano”. Esta carta abierta había sido escrita la víspera de la primera visita a Kigali de un Jefe de Estado francés desde la que François Mitterand había realizado en 1984. Recordando que Bill Clinton, entonces presidente de los EEUU había presentado sus excusas cuando visitó Ruanda en 1998, y que Guy Verhofstadt, primer ministro belga en aquella época, había hecho lo mismo en 2000, Dominique Sopo parece esperar que sea realizado un gesto similar, en nombre de Francia, por Nicolas Sarkozy. Deplora de paso que hasta ahora Francia, según él, haya eludido sus propias responsabilidades en el genocidio. Dominique Sopo, echa la culpa incluso a algunos responsables políticos que, según él, habrían mantenido un discurso “negacionista”. Éstos últimos, escribe Sopo, habrían tratado de relativizar el genocidio contra los tutsi evocando el “pretendidamente” cometido por el FPR, movimiento rebelde dirigido por Paul Kagame, que tomó el poder en julio de 1994. Sopo va hasta calificar la evocación de los crímenes del FPR de “formidable y abyecto vuelco del papel de los verdugos y de las víctimas”.
Dominque Sopo, a semejanza de un cierto número de una seudo-inteligencia, pone en cuestión el rol jugado por Francia en Ruanda, yendo hasta evocar la implicación directa de algunos responsables franceses de la época en el genocidio.
Este discurso no es nuevo; es el mantenido por Paul Kagame y los dirigentes ruandeses actuales desde su llegada al poder en 1994. Algunas gentes como Sopo y otros, han tomado el relevo del mismo; un periodista del Figaro llegó hasta acusar en un libro a Dominique de Villepin mismo (éste último era el director de gabinete de Alain Juppé, entonces ministro de Asuntos exteriores en el momento en que se producía la tragedia ruandesa).
En mis libros y en artículos precedentes sobre el tema, no he parado en tratar de restablecer un cierto número de verdades históricas, alegremente ignoradas por Dominique Sopo y sus amigos. Recordaré, para hacer memoria, el encadenamiento de los acontecimientos que provocaron el drama ruandés:
El gobierno del presidente Habyarimana era hasta abril de 1994 el gobierno legal de Ruanda, internacionalmente reconocido, lejos de ser el peor del continente africano. Menos corrompido y mucho menos sangriento que otros, estaba lejos de encarnar un “nazismo tropical” pintado por algunos. No olvidemos que en 1990, la mayoría de los regímenes africanos eran todavía regímenes militares o sistemas de partido único. Fue ese año cuando François Mitterand pronunció, en presencia de Habyarimana, el discurso de La Baule. Fue después cuando el viento de la democratización se puso a soplar verdaderamente en África. No había por lo tanto nada de inadmisible o anormal en la época en el hecho de que el gobierno francés mantuviera buenas relaciones con el gobierno ruandés.
La guerra y las masacres no comenzaron en abril de 1994, como se dice demasiado a menudo, sino en octubre de 1990. Hay que recordar que esta guerra se inició cuando unidades del ejército ugandés pasaron la frontera entre Uganda y Ruanda y atacaron las posiciones del ejército ruandés. Estas unidades ugandeses, compuestas mayoritariamente por hijos de refugiados ruandeses, establecidos en Uganda desde finales de los 50, habían formado el Frente Patriótico Ruandés, con el fin de enmascarar la implicación ugandesa en esta invasión. Fue entonces cuando fueron cometidas las primeras masacres. Los objetivos fueron las poblaciones del norte de Ruanda y fueron cometidas por elementos del FPR que todavía nadie conocía. Dicho FPR estaba dirigido por Fred Rwigyema, el cual, antes del desencadenamiento de la guerra, ocupaba las funciones de viceministro de defensa de Uganda. Como reacción a lo que legítimamente podía ser visto en la época como una agresión militar llegada de un país vecino, no era nada anormal que Francia respondiera favorablemente a la solicitud de ayuda formulada por el gobierno legítimo de un país vecino.
A lo largo de esta guerra, el gobierno ruandés estuvo sometido a un embargo de la ONU sobre abastecimiento de armamento, mientras Uganda violó constantemente dicho embargo proveyendo secretamente a su aliado FPR de grandes cantidades de armas y municiones y permitiéndole mantener bases en su territorio.
A lo largo de esta guerra, se cometieron masacres, principalmente contra poblaciones del norte de Ruanda, mayoritariamente hutu.
En plena guerra y bajo la presión internacional, el presidente ruandés fue obligado a introducir el multipartidismo en su país. Fue esta liberalización del régimen la que permitió la emergencia de movimientos políticos con discursos abiertamente racistas y hostiles a los tutsi. Debe recordarse que eran los tutsi los que formaban la parte esencial de las fuerzas y de la jerarquía del FPR.
El presidente Habyarimana firmó los acuerdos de Arusha que preveían el reparto del poder y elecciones libres y democráticas.
En virtud de esos acuerdos, Francia retiró sus tropas de Ruanda en 1993.
Fue el presidente ugandés Museveni, “padrino” del FPR, el que convocó la cumbre de Dar es-Salaam del 6 de abril de 1994 y el que retrasó deliberadamente la clausura. Fue este retraso el que provocó el despegue tardío del presidente Habyarimana, acompañado de su homólogo burundés, que hizo que su vuelo iniciara de noche la aproximación al aeropuerto de Kigali. Esta llegada tardía facilitó el trabajo de los que perpetraron el atentado contra el avión presidencial. Este atentado costó la vida a los dos presidentes, a varios ministros ruandeses y burundeses, al jefe de estado mayor del ejército ruandés así como a la tripulación francesa del Falcon 50. Primer atentado de la historia en el que perecieron dos jefes de Estado en ejercicio, no dio lugar a ninguna investigación internacional. A título de comparación, una comisión de investigación internacional fue creada tras el atentado que costó la vida a Rafik Hariri, cuando éste último no era ni siquiera primer ministro.
El atentado contra el avión presidencial fue seguido inmediatamente  por dos acontecimientos: el inicio de las masacres en Kigali y la ruptura del alto el fuego entonces en vigor por parte del FPR. Éste último desencadenó la misma noche del atentado una ofensiva general contra las FAR. Las masacres de Kigali tuvieron como objetivo a los tutsi y a los opositores al gobierno, esencialmente hutu. Estas masacres se extendieron en los días y semanas siguientes a la casi totalidad del territorio todavía en manos del gobierno de Kigali. De una amplitud inigualable, prosiguieron durante los cien días dramáticos que separaron el asesinato de Habyarimana de la toma de Kigali por parte del FPR (de abril a julio de 1994). Sin embargo, mientras estas espantosas masacres eran cometidas en la zona del gobierno, otras, también espantosas, eran cometidas por los elementos del FPR conforme avanzaban.
Desde el desencadenamiento de las masacres de Kigali en abril de 1994, Francia pidió al Consejo de Seguridad de la ONU que reforzara el contingente de cascos azules presentes en Ruanda. Los EEUU, que se opusieron a este requerimiento, exigieron al contrario la evacuación de la fuerzas onusianas. A lo largo de estos dramáticos cien días. Francia siguió pidiendo el envío de una fuerza internacional que habría permitido detener las masacres. Sólo a finales de junio fue oída la voz de Francia y la operación Turquoise pudo por fin organizarse, demasiado tarde desdichadamente para cientos de miles de víctimas. Esta operación militar sólo cubrió una pequeña parte del territorio ruandés, en el sureste del país. Demasiado tardía y demasiado limitada en el tiempo y en el espacio, permitió no obstante poner fin a las masacres en esta zona. Ciertamente, la llegada de soldados franceses no puso fin inmediatamente y absolutamente a las matanzas, y evidentemente se puede lamentar. Sin embargo, se restableció progresivamente cierto orden y la Operación Turquoise salvó indudablemente la vida de decenas de miles de ruandeses, tutsi y hutu. Tutsi, poniendo término a las actuaciones de los matones interahamwe, y hutu, parando la progresión del FPR. En consecuencia, los EEUU y la ONU cargan con una pesada responsabilidad en los acontecimientos de abril-julio de 1994: si el contingente de cascos azules hubiera sido reforzado como lo pedía Francia, en lugar de ser reducido, la amplitud de las masacres, su extensión y su propagación habrían sido ciertamente reducidas.
Desgraciadamente, tras la victoria del FPR, las masacres continuaron siendo cometidas por las fuerzas del nuevo régimen esencialmente contra los hutu. Se recordará, entre otras, la tragedia del Kibeho, entre el 18 y 22 de abril de 1995, cuando el ejército de Paul Kagame masacró a los desplazados del campo, como han testimoniado los soldados de la ONU presentes sobre el terreno. Esta masacre, que produjo al menos 8.000 víctimas civiles, está lejos de ser un caso aislado, y sus instigadores no fueron jamás inquietados.
A partir de 1996, la tragedia ruandesa fue exportada más allá de sus fronteras, cuando el ejército de Paul Kagame invadió el Zaire vecino y persiguió a los refugiados ruandeses que se habían refugiado allá. Según las cifras del ACNUR, fueron 200.000 refugiados hutu los que desaparecieron durante esta ofensiva, la mayoría de los masacrados por el Ejército Patriótico Ruandés (APR) Convendría también evocar los millones de muertos congoleños, víctimas directas o indirectas de esta guerra que, desde 1996, no acaba de terminar. Esta guerra es una consecuencia directa de los acontecimientos de Ruanda de 1990-1994.
Con ocasión del proceso que SOS Racisme intentó contra el periodista Pierre Péan, autor de un libro sobre el genocidio ruandés, Dominique Sopo se atrevió a declarar: “Evocar la sangre de los hutu, es manchar la sangre de los tutsi”. Curiosa frase salida de la boca del dirigente de una organización con vocación anti-racista. ¿La sangre de los tutsi tendrá un precio más elevado que la de los hutu? Nicolas Sarkozy, desdichadamente, parece haberle dado la razón al escribir la frase siguiente en el libro de oro del memorial del genocidio durante la visita que realizó el 25 de febrero de 2010: “En nombre del pueblo francés, me inclino ante las víctimas del genocidio de los tutsi”. Al expresarte de este modo, el presidente francés a “tribalizado” la conmemoración de las víctimas del genocidio. Hubiera debido rendir homenaje a las víctimas del genocidio ruandés: ello habría incluido a todas las víctimas, fueran tutsi, hutu o twa.
Es indudable que Francia cometió errores en Ruanda. La cohabitación entre François Mitterand y el gobierno de Édouard Balladur durante ese periodo complicó ciertamente la toma de decisiones políticas, diplomáticas y militares y dañó la coherencia de éstas últimas. Pero las alegaciones provenientes de Paul Kagame y sus altavoces franceses, según las cuales Francia habría participado directa y deliberadamente en la ejecución del genocidio ruandés siempre me han indignado.
Para que Ruanda vende sus profundas heridas, será preciso que sean reconocidas y conmemoradas todas las víctimas de la tragedia que lo ha golpeado durante el último decenio del siglo XX. Nadie tiene el monopolio del sufrimiento y de la desgracia. En Ruanda no hay dos genocidios. Hay un genocidio perpetrado por verdugos pertenecientes a campos diferentes, cuyas víctimas fueron ruandeses de todos los orígenes.
Cada vez es más difícil evocar la tragedia ruandesa. Cuando se hace, se corre el riesgo de ser tachado de “negacionista” por los portavoces del dictador de Kigali, tanto en Ruanda como en Francia. Paul Kagame, que sin embargo comenzó esta guerra y participó en el genocidio, parece inatacable. Cierta prensa, cierta red de activistas, querrían presentarlo como el hombre que puso fin al genocidio. Nada más lejos de la verdad. Si Paul Kagame hubiera seguido ocupando su puesto de jefe de la DMI (2), los servicios secretos del ejército ugandés, en lugar de lanzarse a esta trágica aventura, la sangre no se habría derramado en el país de las mil colinas.
©Hervé Cheuzeville
(26.02.10)
(1) Hervé Cheuzeville ha vivido y trabajado en la región de los Grandes Lagos desde 1989. Ha efectuado numerosas estancias en Ruanda y es el autor de dos libros sobre su experiencia en esta región de África: “Kadogo, Enfants des guerres d’Afrique Centrale”, L’Harmattan, 2003 y “Chroniques Africaines de Guerres et d’Espérance”, éditions Persée, 2006.
(2) Directorate of Military Intelligence

Fuente: www.musabyimana.be
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