En vísperas de la reunión en Bruselas de los Ministros europeos encargados del desarrollo, CONCORD, la confederación europea de ONG de urgencia y desarrollo, pulveriza la buena conciencia de los europeos que proclaman de buen grado que son los donantes más generosos. En efecto, no solamente los gobiernos europeos no cumplirán antes de 2012 las promesas que deberían haberse realizado en 2010, sino que la mayoría de los países donantes han inflado artificialmente las cifras de sus esfuerzos, contabilizando como ayuda al desarrollo las anulaciones de la deuda, 5 mil millones, los 2 mil millones ligados a la acogida de estudiantes extranjeros y 1 mil millones que representa la acogida o repatriación de candidatos a refugiados.
Mientras la Unión se jacta de atribuir a los pobres el 0,40% de su renta nacional, la realidad es muy diferente: la ayuda real no representaría más que el 0,34% de la renta nacional bruta. Estamos lejos del objetivo casi mítico del 0,7%.
Es evidente que los bancos han tenido mucha más suerte que los pobres: sólo la salvación de Dexia y Northern Rock ha movilizado más de 150 mil millones de dólares. No sólo la ayuda europea es insuficiente o en retroceso (algunos países como Italia, Irlanda o Estonia han reducido fríamente su presupuesto de ayuda al desarrollo), sino que la calidad de la misma está en cuestión. Las ONG ponen de relieve que los donantes orientan la ayuda a favor de sus propias prioridades sin tener en cuenta las orientaciones de los gobiernos beneficiarios; que siguen ligando su asistencia a los bienes y servicios suministrados por sus propias empresas (no es el caso de Bélgica). Además, esta ayuda comporta en exceso la asistencia técnica, puesta en marcha por cooperantes extranjeros que no forman apenas a personal de relevo; es poco transparente y con demasiada frecuencia está ligada a condicionantes políticos.
Para Elise Ford, de Oxfam, “las insuficiencias o la defección de los donantes agravan los efectos de la crisis en los países pobres. Ahora bien, éstos están ya confrontados a la espectacular caída de las remesas enviadas por los emigrantes (cuyo montante es a menudo superior a la ayuda internacional), a un descenso también espectacular de los intercambios e inversiones extranjeras. La vida de millones de pobres está en juego, lo mismo que la reputación de Europa”.
Lo que la ONG no ponen de relieve es que los europeos no se contentan con no cumplir sus promesas o con no donar más que una ayuda imperfecta e interesada: también intentan frenar a otros intervinientes, a paises emergentes que, con la ayuda de la globalización, desean acercarse a los países africanos.
El ejemplo de la RDCongo es al respecto muy esclarecedor: mientras la RDC, a cambio de sus materias primas, ha obtenido de China importantes compromisos, como la construcción de infraestructuras ferroviarias y de carreteras, los europeos, que serían incapaces de responder a semejante desafío, tratan de desanimar a los inversores chinos y ejercen fuertes presiones sobre los congoleños para que modifiquen los contratos firmados con Pekín. Los europeos avanzan como pretexto el hecho de que esos contratos chinos correrían el peligro de cargar más la deuda externa del Congo, mientras se ruega a los donantes que anulen parte de la misma. En realidad, los acuerdos de la RDC con China son acuerdos de trueque y la garantía del Estado, que no viene más que en tercer lugar, no agravaría más la deuda, en la misma medida que las grandes obras a las que se lanzaron las empresas europeas en tiempos de Mobutu, como la presa de Mobayi, la ciudad de radio televisión construida por los franceses, el intercambiador de Limete, o incluso la presa de Inga, que no funciona más que con una turbina.
Mientras la Unión se jacta de atribuir a los pobres el 0,40% de su renta nacional, la realidad es muy diferente: la ayuda real no representaría más que el 0,34% de la renta nacional bruta. Estamos lejos del objetivo casi mítico del 0,7%.
Es evidente que los bancos han tenido mucha más suerte que los pobres: sólo la salvación de Dexia y Northern Rock ha movilizado más de 150 mil millones de dólares. No sólo la ayuda europea es insuficiente o en retroceso (algunos países como Italia, Irlanda o Estonia han reducido fríamente su presupuesto de ayuda al desarrollo), sino que la calidad de la misma está en cuestión. Las ONG ponen de relieve que los donantes orientan la ayuda a favor de sus propias prioridades sin tener en cuenta las orientaciones de los gobiernos beneficiarios; que siguen ligando su asistencia a los bienes y servicios suministrados por sus propias empresas (no es el caso de Bélgica). Además, esta ayuda comporta en exceso la asistencia técnica, puesta en marcha por cooperantes extranjeros que no forman apenas a personal de relevo; es poco transparente y con demasiada frecuencia está ligada a condicionantes políticos.
Para Elise Ford, de Oxfam, “las insuficiencias o la defección de los donantes agravan los efectos de la crisis en los países pobres. Ahora bien, éstos están ya confrontados a la espectacular caída de las remesas enviadas por los emigrantes (cuyo montante es a menudo superior a la ayuda internacional), a un descenso también espectacular de los intercambios e inversiones extranjeras. La vida de millones de pobres está en juego, lo mismo que la reputación de Europa”.
Lo que la ONG no ponen de relieve es que los europeos no se contentan con no cumplir sus promesas o con no donar más que una ayuda imperfecta e interesada: también intentan frenar a otros intervinientes, a paises emergentes que, con la ayuda de la globalización, desean acercarse a los países africanos.
El ejemplo de la RDCongo es al respecto muy esclarecedor: mientras la RDC, a cambio de sus materias primas, ha obtenido de China importantes compromisos, como la construcción de infraestructuras ferroviarias y de carreteras, los europeos, que serían incapaces de responder a semejante desafío, tratan de desanimar a los inversores chinos y ejercen fuertes presiones sobre los congoleños para que modifiquen los contratos firmados con Pekín. Los europeos avanzan como pretexto el hecho de que esos contratos chinos correrían el peligro de cargar más la deuda externa del Congo, mientras se ruega a los donantes que anulen parte de la misma. En realidad, los acuerdos de la RDC con China son acuerdos de trueque y la garantía del Estado, que no viene más que en tercer lugar, no agravaría más la deuda, en la misma medida que las grandes obras a las que se lanzaron las empresas europeas en tiempos de Mobutu, como la presa de Mobayi, la ciudad de radio televisión construida por los franceses, el intercambiador de Limete, o incluso la presa de Inga, que no funciona más que con una turbina.
(Del carnet/blog de Colette Braeckman del 14 de mayo de 2009)
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Los más pobres privados de 40mil millones de euros



