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La ONU denuncia el desastre humanitario olvidado en el que se hunde el Norte-Kivu.

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La última ola de violencias, que alcanza al número de 800.000  desplazados en la provincia, se ha debido a los combates, que culminaron entre agosto y diciembre de 2007, entre los 25.000 hombres desplegados por las Fuerzas armadas congoleñas ( FARDC ) y los alrededor de 4.000 rebeldes del general destituido Laurent Nkunda.

Según el coordinador de los auxilios de urgencia de la ONU, John Holmes, / “esta crisis no es menos importante que la de Darfur, ni menos grave por las consecuencias inaceptables para  millones de inocentes, y no debería  ser objeto de menor atención por parte de la cancillerías del mundo”./

Según las previsiones de la ONU, cerca de 240.000 personas más podrían huir en los próximos meses, ni no se hace nada. En los años precedentes, cerca de 400.000 congoleños  emprendieron la ruta, en el Norte-Kivu, para escapar de los rebeldes hutus ruandeses del FDLR ( de los cuales, algunos habían participado en el genocidio de 1994) y de la milicias locales Maï-Maï.

Los desplazados, que hasta  entonces vivían en  familias de acogida,   han sido reagrupados en campos improvisados, hechos con tiendas de plástico, muy cerca de la capital de provincia, Goma, y de Saké, donde cerca de 4.500 cascos azules mantienen una relativa seguridad. /” Espero que la crisis actual no se olvide”/, explica Marine Lepage, coordinadora de las operaciones de urgencia de la organización no gubernamental (ONG) Solidarios. La responsable, en contacto por teléfono en Goma, evoca una /” situación deplorable”/ y unas condiciones de vida  / “dramáticas para los civiles”/ en un contexto de  / “violencia permanente”/.


La ONU, que ha desplegado en RDC la más onerosa de sus misiones (17.000 hombres por más de 1,1 mil millones de dólares por año), se esfuerza en focalizar la atención de la comunidad internacional sobre una crisis compleja, que ha costado más de 4 millones de vidas desde 1996. La organización no ha recibido hasta ahora más que el 64% de los 687 millones de dólares que necesita para hacer frente a las necesidades humanitarias en un país rico en recursos naturales, pero en el que la esperanza de vida es de 43 años.

LE MONDE
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